Amo los Gatos
Duerme. Sueña y despierta perturbada por el bullicio de los gatos. A su lado el marido ronca, tratando en inquieto sueño de ahuyentar un zancudo, dándose lerdos manotazos en la frente. Le duele la cabeza. Piensa que debe ser a causa de los dulces. Le duele la muñeca. También a ella le picó el zancudo. Le corre la transpiración entre los senos y siente mojada la espalda y las axilas. Escucha allá arriba el escándalo de los gatos. Por lo menos no bajan. No pueden.
Se rasca el brazo. Maldito zancudo y malditos gatos noctámbulos que encienden en las noches sus maullantes pasiones.
¡Pero si no comió dulces! -no, muchas gracias, engordan-, y no fue un zancudo, o si fue, pero estaba soñando que era un gato y se arañó ella misma al rascarse. En su inquieto sueño relacionó la orgía gatuna con el pinchazo. -Tendré que colocarme algún desinfectante en el brazo o algo para calmar el ardor-.
Se levanta a oscuras. -Gatos de porquería. Cuando era joven creía realmente que los gatos se amaban en agosto y ya estamos en diciembre y dale y dale-.
-Dios mío, si fueran tigres el techo no crujiría tanto con sus pisadas-. Pobrecito, también a él le perturban el sueño, al menos no lo despiertan ni el zancudo tampoco.
No parecen pasarlo mal. El otro día, cuando trataba de leer en el jardín -se sonríe mientras se palpa suavemente el brazo lastimado, vaya dolor-, jardín, una especie de caldera de dos metros cuadrados por unos tres metros de altura, de cemento liso, donde no se arriesgan ni los caracoles, unos cuantos maceteros con sus plantas de interior, las cuales se vio obligada a echar fuera porque la casa insalubre las estaba matando igual que a ella. Habían logrado revivir porque en una esquina obtenían grismas de luz. A continuación, contra el muro, en un lugar dominado en parte por la techumbre, ahí, donde el sol no daba ni para los días de fiesta, colocó sus helechos, obteniendo, con un poco de imaginación, un verde santuario privado. Jardín, y había que disputarle, todavía, un poco de sol a las plantas para tender la ropa.
Verdaderamente no lo pasan mal, continúa sonriendo, permanecen allí, como si fueran los amos del techo y del jardín, o más bien, como si se tratara de felino santuario privado, y el fastidio en la mirada de ese blanco el otro día la hizo decidirse a cederles el territorio y salir solamente a tender o regar las plantas. Se encoge de hombros. Vaya tontería atribuir sentimientos a los animales. Aunque hubiera odio en los ojos del gato, ella no lo alcanzaría a ver, piticiega, a tanta distancia y menos en los ojos de uno de esos animalitos que a ella siempre le habían gustado tanto.
Mas, si no lo pudo ver, lo percibió como se capta el relámpago sin visualizar la fuente que lo origina. Le sigue doliendo. -Mejor olvido los gatos y sus ojos y busco algo para calmar el ardor, porque con un desinfectante me va a doler más-. Tampoco va a poder seguir durmiendo, por lo tanto, lo más acertado es irse al comedor donde puede encender la luz y colocarse la famosa crema esa, si es que la encuentra.
-Por fin, aquí sí, estoy cómoda y con luz. El zancudo no me ha seguido y tampoco la algazara de los gatos-. ¡Por Dios! debe hacer horas que el zancudo la estaba picando y ella soñaba, porque el dolor debe provenir no tanto de la picadura sino de los rasguños provocados al rascarse. Y hablamos de rasguños, verdaderos surcos en la piel. No sangra mucho o tal vez sangró sin darse cuenta.
-Menos mal, no soy mujer fácil de asustar, aunque no me explico por qué no puedo olvidar ese hipnótico resplandor, qué hipnótico ni qué ocho cuartos, todos los ojos felinos son iguales, es debido a esa propiedad de dilatar la pupila en lo oscuro o algo por el estilo. O sea que a estas horas de la noche los tendrán dilatados, encendidos-. ¡Encendidos!, ahora se acuerda, eso es lo que estaba soñando. Era su gato, al menos el de su casa, odiándola a través de sus fulgurantes ojos amarillos y ella con miedo espeso y desorientado, sin comprender cuándo y por qué el amor doméstico y regalón se trocó en ese aborrecer cobrizo, en esas ansias de destruirla.
-Suspira- pesadillas, ahora me va a dar por ahí-. Es cosa de locos. Y ese temor creciente ante la mortal amenaza, sabiéndose alcanzada tarde o temprano. Y la cruel indiferencia del marido y los hijos, rogándoles, suplicándoles que la protejan del gato. Y ellos con miraditas de reojo, medias sonrisas, sin comprender nada ni intentarlo siquiera. Que son cosas tuyas, que el gato está igual que siempre. Si poco más te daban palmaditas en la cabeza para calmarte. Hasta un momento cualquiera; un momento desprevenidos y este gatito antes, fiera ahora, te acomete y rasga tu brazo y el marido interviniendo con un filoso cuchillo y queda ahí botado. La blanca y tierna garganta rebanada como jugosa sandía. Sus ojos fijos en ti. Sacude la cabeza, al menos no tengo gatos en la casa y esos no pueden bajar.
Y como después la misma indiferencia, el mismo desamor par irse todos a sus quehaceres y dejarla sola con el gato tirado allí debajo de la mesa, todo su cuerpo apagado por la muerte, menos sus ojos irradiando rencor. Y luego horrorizada incredulidad al verlo arrastrase hacia ella, la cabeza pendiente por un jirón de piel y los afilados pedernales desgarrando su pecho. Ahora verán. Debieron darme más esférica. Lástima que será demasiado tarde.
Los rasguños le siguen molestando, aunque el dolor se ha estacionado en un rítmico batir: fuerte, suave, fuerte. -Tengo que largarme de una vez a leer, si no esta noche va a ser igual a las otras, desperdiciadas en ensoñaciones y largas tazas de café-. Se ha puesto a llover, el ruido la distrae. -Qué fregatina, parece que todo se conjuga para amargarme la existencia-. De repente se acuerda de sobresaltada de la ropa tendida, -ya debe estar seca y se volverá a mojar- con un gesto de impaciencia retira la silla -¡Qué le vamos a hacer!, tendré que entrarla-. Está oscuro afuera, pero la ropa tendida blanquea. El ruido de la noche es amortiguado por el de la lluvia. Mas, no es eso, es que la noche aún no devuelve los ruidos borrados por la lluvia, porque ha dejado de llover. Mejor, así no se mojará ella también.
Retira una prenda del tendedero y otra y otra. Nunca pensó que fuera tanta. Todavía queda mucha. Cada prenda retirada la va alejando de la luz, de la tibieza, parece otra pesadilla, el silencio, la oscuridad. Y la distancia que la separa, ahora, de la casa. Poco a poco el horror aroma la noche. En esa esquina, entre sus plantas favoritas, esos fulgurantes ojos amarillos aguardándola.






