Cuncuna

En ese pastizal
vi de nuevo
tu estampa
de visión cobriza,
propia de vergeles solariegos,
donde el perfume del jardín
rivalizó con el matiz
de las hortensias.
Hoy, en prados forasteros,
no posees lugar,
te has ido
llevándote el jacinto,
la violeta
y arbustos y frondas
que fueron en la niñez
palacios encantados y guaridas.
Allí campeabas a tu arbitrio,
masticando incansable
hojas tiernas y vástagos.
Hoy el niño te ignora
y nada sabe
de tu cuerpo afelpado
y tu atavío de púas.
¡Si parecías cacto movedizo!,
siempre en busca de alimento.
En este huerto olvidado
recordé tantas cosas.
(Junio 1990)






